EL ÁNGEL AZUL

EL ÁNGEL AZUL

“Me gustan las mujeres con pasado oscuro y los hombres con gran futuro”
Oscar Wilde

El estallido marcó el momento exacto del comienzo del nuevo año. El cielo de la bahía de Valparaíso se iluminó de colorido. Junto al tronar de la pólvora, una constelación de formas lumínicas, emergieron sobre el fondo oscuro del horizonte, para después desvanecerse. Desde los barcos anclados despegaban bengalas y cascadas. Cada andanada, provocaba el grito de la multitud. El espectáculo se extendía kilómetros a lo largo de la costa.

El humo, con olor a explosivo, invadió el ambiente. Miles de abrazos, antecedieron a la lluvia de cava, que bañó nuestros cuerpos. El descorche fue como un orgasmo multitudinario, cuando el chispeante chorro era eyaculado. Las pelucas brillantes y el enjambre de serpentina, adornaban la atmosfera de júbilo, que al son de pitos, flautas y bombos hacían brincar al gentío.

Los cinco amigos nos dimos un estrechón de cariño y vaciamos la botella en nuestras gargantas. Se nos había ocurrido festejar la Nochevieja en el puerto. La ciudad estaba abarrotada. Una ocasión para ligar, decía la web marica porteña. Habíamos tramado con entusiasmo una noche de cacería.

Los hechos ocurrieron esa noche, después de los fuegos de artificio, y antes del baile plebeyo.

A mis amigos les dije que tenía que ausentarme un momento. Tenía mi vejiga que reventaba. Necesitaba encontrar un lugar
donde orinar.
— No tardes— dijeron en coro.

En el aseo de la cafetería, meaba un tío de unos veinte años. Moreno y delgado como a mí me gustan. Vestía pantalón de tela, camisa de diseño y zapatos relucientes. Olía a Giorgio Armani. Está bueno, me dije. Los urinarios públicos encienden mi fantasía. Son morbosos. Mis neuronas comenzaron a manifestarse. ¿Y si me lo ligo?, pensé. Aunque había otros espacios, me puse a su lado. Nuestros hombros casi se topaban. Dio vuelta la cara. Sus labios marcaron una sonrisa. Me saludó con un Feliz Año. Tenía los ojos azules. —Para ti también—, dije y continué dirigiendo el chorro. Pero ya la libido me consumía. Con disimulo giré la cabeza. Mis ojos se encontraron con su mano moviéndosela. Se me puso tiesa y lo miré con descaro.
Sin turbarse, dijo con una voz, que sonó a melodía de encantador de serpientes. — ¿Te gusta? Sí quieres hacemos algo, tengo sitio—

Lo seguí como un corderito. Me guió por un laberinto de callejuelas, típicas del barrio marinero y mucho olor a pescado frito. Las farolas, decoradas con guirnaldas, despedían una luz tenue. Por las ventanas de los pisos superiores, emanaba un revoltijo de ritmos jaraneros que incitaba a caminar siguiendo el compás. Me divertía chuteando los globos sueltos que deambulaban por la calzada. Me sentía feliz. Solo pensaba en tenerlo desnudo a mí lado.

De repente se detuvo. Se acercó y cogió con fuerza mi brazo derecho. Lo giró en forma brusca sobre mi espalda. Aproximó su cara a mi oído y dijo con una voz que antes no tenía, — dame tu billetera y no te pasará nada —. Sus facciones habían cambiado.
La sangre se agolpó en mi cabeza, como si hubiera recibido un mazazo. Sentí el dolor de la presión que ejercía sobre el brazo — ¿Cómo pude ser tan huevón?— pensé. Temblaba mientras buscaba la cartera. —Toma la plata, pero déjame los documentos, por fa— dije, con la voz más dulce que pude. Al devolvérmela, mordió mi oreja y dijo marcando las sílabas — márchate quietecito—. Me soltó dándome un empujón. Quedé clavado en el suelo, sobándome el oído. Se alejó caminando. Antes de doblar la esquina, giró su cabeza y gritó. —Feliz noche, maricón, estai rico—.

De regreso, mis amigos arquearon las cejas
.
—Todo bien—, les dije sonriendo, y mostré orgulloso el moretón en el lóbulo. —Voy ganando uno cero—.

La marcha continuó en La Pantera Rosa, la disco gay de moda. Algunos se internaron en la pista, otro deambulaba, intentando ligar. Yo me quedé observando la fauna.

Saboreaba un mojito, apoyado en la barra del bar. De vez en cuando me sobaba el lóbulo de la oreja. Un latir con malestar, me recordaba la experiencia vivida horas atrás. Estaba con la mente fija en la erección.

En una de esas miradas, entreví a uno que me pareció conocido. Fije la vista y allí, en un rincón, casi en penumbra, estaba él. Bebía una cerveza, sentado en una mesa, solitario. La copa estuvo a punto de caer de mis manos. La sangre se agolpó en mi cerebro. Que descaro, pensé. Lo miré embobado, petrificado en el suelo. Segundos más tarde el levantó la vista y nuestras miradas se cruzaron. Mantuvimos la vista fija uno en el otro, como en un duelo, hasta que el esbozó un sonrisa. Mi cabeza era un torbellino de sentimientos. Miedo, odio, venganza se mezclaban con deseo y excitación Un desorden hormonal indicaba mi calentura. Levantó la mano y me indicó la silla vacía. Como si fuese un autómata caminé hacia él y me senté a su lado.

Alargó su mano y dijo, —soy Iván ¿y tú?—

Quise responder pero la voz no salió de mi garganta. Respire profundo,

—Andrés, él maricón— le contesté, estrechando su mano. Recibí como un golpe eléctrico, cuando el apretó con suavidad.

¿En qué andas?, le pregunté, —Buscando a quien asaltar, supongo—, dije con voz de reproche.

—Disculpa si te hice daño—, dijo mirando el moretón de la oreja.

— Estaba trabajando. Ahora es mi tiempo libre, no te preocupes. Te invito una copa y hablamos, ¿quieres?—

Así comenzó nuestro segundo encuentro. Me habló de su vida. Le motivaba someter a los que a él le parecían ricos. Era su manera de protestar contra los abusos de los de arriba, justificaba.

—Estoy en campaña de reunir la plata que necesito para mí proyecto. Lo de la oreja fue un arrebato—confesó.

Lo escuchaba, el temor se iba desvaneciendo. Sentía su atracción.

Nuestra conversación se interrumpía durante los momentos en que me arrastraba a la pista cuando sonaba algún ritmo de salsa. En una de esas salidas mis amigos nos rodearon con miradas inquisitivas.

¿Tú eres el de la oreja?—Consultó uno con burla

Antes que Iván tuviese la oportunidad de abrir su boca, me adelanté y respondí,

—Sí y lo hizo con cariño— dije, abrazándolo.

Intercambiamos unas palabras de presentación y con un gesto de mis manos les hice ver que nos dejaran solos— Nos vemos mañana a la salida del autobús— les susurré. Cruzamos unos besos de despedida y se alejaron de nuestro lado.

—No les he contado nada—, le dije a Iván.

— Les hice creer que habíamos tenido un buen rollo en el baño y así fue como gané la apuesta de esta noche. Pagarán mi pasaje de regreso a Santiago. Tenemos algo en común— dije sonriéndole.

Los camareros barrían el suelo, moviendo sillas y mesas cuando cruzamos la puerta de salida. Amanecía.

—Vamos donde unas amigas— dijo cogiéndome del brazo.

Atravesamos la Plaza Echaurren hasta llegar a la entrada del ascensor del Cerro Cordillera. Un grupo de mal aspecto y de miradas amenazadoras interrumpió nuestro camino. Al reconocer a mi acompañante nos abrieron paso saludando a Iván con respeto. Un par de abrazos de Año Nuevo se vio obligado a realizar— Cariños a Marina— gritó uno.

El sonido a fierros gastados nos acompañó durante el ascenso.

— No los reparan desde hace un siglo— dijo.

A la salida nos acercamos a una explanada que hacía las veces de mirador. La Bahía de Valparaíso lucía su esplendor, remarcado por los nacientes rayos del sol. Una infinidad de barcos de carga y algunos cruceros se divisaban en la distancia. Cientos de gaviotas revoloteaban sobre los barcos pesqueros. No resistí la tentación de darle un beso en la mejilla. Iván me dio un suave apretón de mano y sonrió.

Después de caminar un par de calles nos detuvimos ante una vieja casona de tres plantas edificada de madera de roble y tejas de alerce. Su pintura descascarada y vigas fuera de su sitio no lograban ocultar su origen. Era un palacete de la época de oro de la Joya del Pacífico, antes de la apertura del Canal de Panamá.

En uno de los balcones fumaba distraída una mujer vestida de rojo. El sol de la mañana iluminaba su cuerpo en contraste con las maderas oscuras de moho que cubrían balastros y paredes.

Se llenó de alegría al divisarnos y gritó con una voz aguda,

—Feliz Año, Ivancito, ¿dónde te habías metido?, te hemos esperado toda la noche—, dijo levantando sus manos repletas de joyas de fantasía y brazaletes dorados.

—Hola tía Marina, felicidades también, ahora te doy el abrazo, respondió Iván.

— Me encontré con este amigo y me atrapó, pero aún hay fiesta, ¿no? Añadió.

—Sí, aún hay clientes y las chicas te esperan. Entra y verás— dijo ella moviendo su enorme cuerpo hacía la puerta del balcón
.
Después de cruzar un vestíbulo con muebles dorados y sillones de felpa, abrimos la mampara de cristales biselados, entrando a un gran salón. El sonido de un viejo bolero llenó mis oídos.

Bajo una luz tenue, se desplazaban algunas parejas tan entrelazadas que daban la impresión que fueran un solo cuerpo. Los brazos masculinos rodeaban el talle de las féminas y sus manos abiertas apretaban con fuerza las sobresalientes nalgas de sus hembras. Los pies arrastraban serpentina y desplazaban de su sitio globos, insinuando él apogeo, que en algún momento tuvo la fiesta de Nochevieja.

A un costado se extendía una barra repleta de copas. También botellas medio vacías. Sentados en los taburetes se encontraban algunos parroquianos. Charlaban con chicas de colorida vestimenta. Irradiaban fugaces destellos producidos por las lentejuelas adheridas a la tela de sus minúsculos trajes.

Nos acercamos a la barra atendida por dos mujeres rubias y de marcado maquillaje.

—Por fin llegas amorcito—dijo una de ellas.

—Sí, ya estoy aquí. Salgan que necesitamos darles el abrazo—dijo Iván extendiendo sus brazos.

Momentos después me explicó que Marina dirigía este club de travestis. Las chicas en realidad eran chicos trans. Los había recogido de las calles. A varios los había sacado de las drogas dándoles cobijo y trabajo. Marina era muy querida en el barrio y el club era famoso por su labor social, reveló con admiración.

Marina, que había sido Mario en su niñez, siempre supo que había nacido con un cuerpo equivocado. Su familia la repudió. Sola se abrió paso, logrando hacerse con una carrera artística, que la había llevado a famosos escenarios de Paris y Berlín. Allí hizo el dinero que al retirarse invirtió en El Ángel Azul, el lugar donde nos encontrábamos.

—Bonita historia—, le comenté a Iván.

—Pero eso no es todo— agregó

—Ella ha sido como mi madre y padre. Envuelto en una vieja tela azulada fui abandonado al nacer. Marina me encontró en la puerta de esta casa, me recogió y crió. Esta es mi familia—continuó

— Le estoy agradecido pero quiero dejar atrás este mundo. Deseo conocer otras tierras, viajar y encontrar mi espacio en lo que me gusta, la pintura. —y agregó
— Margot, mi chica, me espera en Berlin tan pronto reúna la plata necesaria. Dice que mis pinturas las valorarían mucho más en Alemania—terminó
.
De repente me cogió del brazo y me pidió que lo siguiera.

Subimos las escaleras y al final de un largo corredor abrió una puerta y dijo:
—Bienvenido a mi mundo —

En su dormitorio resaltaban las paredes llenas de pinturas. Eran acuarelas de exquisito trazo y colorido. Una por una me fue mostrando las escenas con personajes y sucesos del maltratado puerto. Borrachos, mendigos, marineros, pescadores artesanales, prostitutas, niños vagabundos, el mercado central, el puerto, también, los bares de siempre y los ascensores de los cerros. Allí estaba retratada la dura vida de sus habitantes. Muchas pinturas revelaban secuencias en El Ángel Azul y sus llamativos integrantes.

—Son realmente buenos, tienes un tremendo don para plasmar en las imágenes la emoción de tus personajes — le dije sorprendido con sus trabajos.
¿Has intentado mostrarlos aquí?, le pregunté—

— Prefiero llevármelos a Berlín y ahí hacerme camino. No confío en este país—, agregó.

Sentados en su cama y apoyados en una multitud de cojines charlamos sobre sus pinturas hasta vaciar la botella de champagne que Marina nos había regalado. Sentía su proximidad como un fuego. Pero también mi cerebro reaccionaba ante la evidente realidad que pisaba un mundo muy distante. Sabía que esta amistad terminaría en las próximas horas. Me daba cuenta, que por alguna razón, yo también lo había conquistado. Sin incitarle, comenzó a acariciarme con ternura. Momentos después extendió su brazo hacia el interruptor y la oscuridad provocada por el grueso cortinaje invadió nuestros cuerpos ya entrelazados.

Cuando desperté caía el atardecer del primer día del año. Faltaba una hora para la salida del autobús de regreso a Santiago. Debía darme prisa. Iván había desaparecido. Estará en el salón, pensé.

Al entrar, Marina ordenaba el recinto preparándolo para la nueva jornada.

—Hola, ¿has dormido bien?
, Ivancito no te quiso despertar. Me encargó que te atendiera y le esperes, dijo con una sonrisa en los labios—

— Le has caído bien, es la primera vez que invita alguien desde que Margot se fue—, continuó.

—Sí, todo bien. Marina, le agradezco mucho, pero debo tomar el autobús de las ocho a Santiago, no podré esperarlo, dígale que gracias por todo y que ya lo llamaré—

Me despedí de ella con un abrazo, pensando en lo improbable de mi regreso al Ángel Azul.

La imagen de Iván se mantuvo presente en mí durante los meses que siguieron. Cada fin de semana la ansiedad por correr a Valparaíso me embargaba. Para aplacar mis deseos me introduje con fuerza en mis estudios.

Un día de Mayo la noticia que cubría la portada del periódico me impactó de tal manera que no pude evitar sentir un dolor que paralizó mi cuerpo
.
“HOMICIDIO HOMOFÓBICO EN VALPARAISO”

El desarrollo de la noticia narraba con detalle que el joven Iván González había sido asesinado a golpes por una banda de cabezas rapadas nazis en los baños de una conocida cafetería del puerto. Cubría el resto de la página una fotografía de Iván con su cuerpo destrozado.

He tardado en volver a sentir la vida con alegría.
.
Cada cierto tiempo visito a Marina y juntos vamos donde reposa Iván.

Ahora sus acuarelas se exponen en Berlín y también decoran las paredes de la vieja casona que vio crecer al Ángel Azul.

EL ÁNGEL AZUL (Ricardo Valenzuela)

Comentarios en Facebook
GayDatos on EmailGayDatos on FacebookGayDatos on InstagramGayDatos on TwitterGayDatos on VimeoGayDatos on Youtube
GayDatos
Editor y Dueño at GayDatos.com
Dueño y Editor de GayDatos, Publicista de profesión y empresario de vocación, lo ideal de trabajar para la comunidad LGBTS es crear un espacio para TODXS...

Sobre GayDatos

Dueño y Editor de GayDatos, Publicista de profesión y empresario de vocación, lo ideal de trabajar para la comunidad LGBTS es crear un espacio para TODXS...

LUGARES Y SERVICIOS RECOMENDADOS

Cargando…